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“La gente”, ese juego maravilloso y crítico que es el teatro

El juego del teatro, ¡qué invento!

“La gente”. ¿Se la va a perder alguien?

He dejado pasar demasiado tiempo desde que escribí mi última historia. Me prometo continuamente que voy a volcar aquí todas las emociones que me producen todas aquellas cosas que me llegan al alma. Este año han sido muchas e iré hablando de ellas. Pero, hoy, jueves 25 de septiembre tengo que contaros algo: ayer me reí como hacía mucho que no me reía, formé parte de un juego milagroso del teatro, ese que te implica, que te pilla dentro, que te mete literalmente en escena.
Se llama “La gente”, la firman unos chalados que firman como una firma de moda al uso, Pérez&Disla, y que hacen un tandem glorioso. El uno está presente desde el principio en el juego ( porque es un juego. Lo dicen muy bien británicos y franceses, “play” y “jouer”), lo va manejando como más sutileza de la aparente. El otro parece ocultarse tras esa asamblea entre absurda y vital pero sus gestos forman parte de la trama. ¡Geniales!
Si hay alguien que no haya entendido en algún momento qué es el teatro, que vaya a ver “La gente”. Llevo insistiendo desde el principio en el término “juego” porque considero que esa palabra define la propuesta. Uno entra a la Sala Mirador y se encuentra ante un amplio círculo de sillas que ocupan todo el escenario y en el que debe tomar asiento. El juego, sutilmente, ya ha empezado. Y entonces, “el líder” habla. Plantea la situación mientras su “ayudante” hace un repaso de la orden del día. Para partirse. Utiliza un lenguaje artificial que parece encerrar conceptos de alta meta…pero no dice nada. El público hace ya minutos que ha empezado a reírse. Porque “La gente” está pensada para reírse, para mirarse a uno mismo y contemplar el ridículo de situaciones que no nos son ajenas.
“El líder” es un hombre de ideas claras. Tan claras que cree en la votación popular, en la democracia asamblearia…sobre si es a favor de lo que él quiere. “El líder” se ama a sí mismo porque cree manejar a la masa y responde mal si ésta le pone en duda. El conflicto está servido. Porque en esa masa se van levantando manos que tienen algo que decir. Te vas identificando con todos. Todos aportan algo de lucidez y algo de absurdo a la trama. Cada uno con su personalidad: el puñetero, el apasionado, la mujer que busca dar un sentido a su vida…Y van surgiendo las emociones, entre risa y risa. O entre bofetada y bofetada, que una ya no sabe.

¿Lo más genial de todo? Que nunca sabes de qué se está hablando. Todo es conceptual, etéreo, vago, difuso. Nada se concreta. Se discute, y entiendes la disputa, pero nunca ha llegado a haber un tema. Tampoco importa. Lo que vale es cómo se sienten los que participan de esta asamblea y cómo te hacen sentir. Un juego, un juego, ya lo he dicho. Un juego magnífico, cargado de ironía, ingenio, malabarismo teatral, capacidad crítica e impecable factura teatral. Allá el que la deje escapar. Está sólo hasta el domingo en la Sala Mirador.